Arte, pura emoción.

Nota: esta entrada corresponde a la Tarea 3.2 de la asignatura Ciencia y artes del Máster en Cultura Científica de la Universidad Pública de Navarra .  

En esta actividad se procede a documentar cómo nos hemos emocionado con alguna obra de arte, qué nos ha evocado, cómo nos hemos sentido...


Emociones... Parece que en los últimos años se ha puesto muy de moda usar esa palabra, la encontramos en miles de perfiles de RRSS, incluso en cursos de formación para empresas.

A veces pienso que se ha prostituido al término, porque con tanto interés económico detrás, nos estamos olvidando de lo que significa realmente, nos estamos olvidando de sentirlas...

Bueno, olvidarnos y negarnos a sentirlas, porque tras la tendencia de "la emoción" todavía persiste esa creencia que limita, no sentir, no manifestar, ocultar emocionarse.

Yo, que me emociono con el sonido de las gotas de lluvia en el cristal, no puedo evitar sentir lástima por aquellas y aquellos que insisten en ocultar, sé que no es mi partido y que cada persona es libre de decidir qué hacer... Pero no puedo evitar, SENTIR eso.

Así que hace ya muchísimos años que decidí dejarme llevar y sentir... Tristeza, alegría, rabia, miedo... Y vivir.

Y si hay algo que me haga sentir libre y viva es viajar. Recorrer carreteras, volar a otros continentes, observar el paisaje desde la ventanilla de un tren.

 Aeropuertos y estaciones, encuentros y despedidas, prisas y esperas... ¿Dónde irán? ¿A qué han venido?, me pregunto... Pura emoción...

Pero si hablo de viajar y de emociones, ha habido 3 momentos clave donde varias lágrimas han recorrido mi tez.

Lo recuerdo perfectamente, era Marzo del año 2019 y estaba a tan sólo una calle del Castillo Sant' Angelo, en Roma. Estaba nerviosa por volver después de tantos años. De repente allí estaba el puente y al fondo el imponente edificio.

Se me puso la piel de gallina y empecé a notar un cosquilleo en el estómago, conforme me fui acercando pensé, "Ay, no puede ser...". Justo sobre el puente un joven interpretaba Perfect de Ed Sheeran con un violín, fue tan intenso... Comencé a llorar y a cantar suavemente, acompañando mi cuerpo al movimiento del suyo.

De repente sentí que no había nadie más alrededor, el tiempo se paró y la emoción se apoderó de mi totalmente, a veces no puedo ni explicarlo... Intensidad, esa sería la palabra idónea para describirlo. Justamente acababa de empezar una relación sentimental que sabía que llegaría lejos. No me equivoqué, hoy esa persona es el padre de mi hija y aunque él no vino a aquel viaje, supe que metafóricamente lo estaba.

La realidad superó totalmente las expectativas que tenía aquel día.


Dos años después, durante la pandemia, mis ansias de libertad habían dejado en mí mucha ansiedad y frustración, así que en cuanto pude volé, no muy lejos por las circunstancias, pero lo hice,

Esta vez, viajé con él. Lisboa fue el destino. El punto clave, la Torre de Belem y de nuevo un violín...

Mi expectativa era normal antes de visitar el monumento, tenía ganas pero no me esperaba que me transmitiera todo aquello.

Conforme llegaba y vi a aquel señor tocar la canción Let it go de la película Frozen sonreí... 

Por fin volvía a viajar, además con el que sería mi marido, de nuevo un violín en el escenario y además una canción de libertad... ¿Alguien lo había organizado adrede?

Tal y como llegué a las escaleras, simplemente me senté delante del artista situado bajo los pies de la torre, me dejé llevar y contemplé el conjunto. Observé cada piedra de las paredes de torre, escuché y canté bajito la canción y me dejé llevar por el olor del mar. Alguna lágrima escapó por mis mejillas.

Aquel día el cielo amaneció con un bello juego de colores, nubes oscuras entre zonas por donde asomaba el Sol brillante. Para mí, eso también es arte. Después, fuimos directos a tomar unos pasteles de nata de esos tan famosos de la capital lusa y en cada bocado, sentí de nuevo la música, el mar y la imagen del paisaje.


Para finalizar, mencionaré otra obra de arte en la que me quedé literalmente embelesada, el David de Miguel Ángel.

Lo había visto de pequeñita, con mis padres. Quería volver y hace dos años organicé una ruta con mi marido por la Toscana, una mochila y mucha pasión por conocer, no necesitaba más.

La ciudad de Firenze nos encantó, (la escribo en italiano en lugar de en castellano porque no suena igual, porque si hay algo que me mueva y me transmita, es la lengua italiana, no sé que tengo con ese país, pero siempre me he sentido más italiana que española).

No recordaba que fuera una escultura tan grande la verdad. Cuando la tuve delante me quedé impactada, sentí miedo y curiosidad ante la grandiosidad de aquel pedazo de mármol tallado por uno de los grandes artistas de la historia del ser humano.

Me senté justo al lado y ahí permanecí unos minutos, en silencio, (algo raro en mí). Observé cada zona de su cuerpo, el brillo que la luz creaba sobre la piedra.

Me imaginé cómo el artista tuvo que esculpir cada centímetro de su cuerpo. Y me emocioné, de nuevo me emocioné, por muchas cosas.

Por seguir viajando, por seguir con él, porque nuestra intención era tener un bebé a la vuelta.

Y así fue, ahora sólo pienso en hacer el primer viaje con la pequeña Martina, nombre italiano, por cierto. Con tan sólo 10 meses ya promete, su curiosidad llama la atención, quizás tenga algo que ver con los guisantes de Mendel.

De nuevo, la experiencia supero mis expectativas. 


No concibo una vida sin pasión, sin emoción.

Viajemos, déjemonos llevar. Vivamos.


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